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MUSICA DE LA EDAD MEDIA

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CANTO GREGORIANO

La antigüedad no conoció los instrumentos de cuerda, despreciando la multicorde arpa egipcia. Nosotros hemos ostentado, gracias a la notación griega, apuntes instrumentales y vocales que poseen absoluto vigor, una pequeña y fragmentada cantidad de melodías mayores, si bien ningún trozo, de los numerosos ejecutados por sus virtuosos. Todos estos restos indican qué difícil, qué imposible es para nosotros compenetrarnos del valor de expresión de la música antigua. La Edad Media y la Edad Moderna no llegaron a conocer ninguno de estos hallazgos, o no pudieron descifrarlos. Fue esto una suerte para ellos, pues el conocimiento de la posición ideal de la música en Grecia, el asombro producido por el sistema altamente desarrollado y el resultado de ambos sobre un desparejo y elevado ejercicio del arte, tuvo, posteriormente, una gran influencia. Este valor de apreciación “a crédito” actuó a través de toda la Edad Media y Moderna hasta Ricardo Wagner, en las crisis más importantes de la música, impulsando e inflamando, y, precisamente porque faltaba el modelo inmediato, imponiéndose fecundamente en el sentido más elevado.

La historia universal fecha el principio de la Edad Media con el establecimiento definitivo de un dominio germano en el punto medio del Imperio Romano. En la historia de la música el rasgo característico de la antigüedad clásica la monodia sobrevive mucho más. Recién después de medio siglo logró florecer el germen del sentimiento musical del Norte. Como los períodos corrientes tenían, sobre todo para el desarrollo de la música, un valor muy relativo, y con ellos, más o menos, el concepto del Renacimiento, contra el que se estrellaban todas las réplicas, fue menester darle un impulso. El refuerzo admitido se mantuvo en todo su derecho, para comenzar, con los principios del cristianismo, un nuevo período musical. La fe, o mejor dicho la Iglesia, ante cuyo poder de conquista espiritual se inclinó Constantino, utilizándolo inteligentemente, colocó a la música, desde un principio, en una situación significativa en sus ejercicios litúrgicos.

Y a semejanza de las formas que recibiera para sus representaciones imaginativas, se hizo presente ingenuamente en ella la herencia de la Antigüedad.

No es en Roma donde hay que buscar el origen de los cantos eclesiásticos, sino en la parte Este del Imperio. Hasta el final del siglo III el lenguaje lllurgico fue el de la nueva creencia de Grecia, y aun boy el klrle, primera estrofa de la misa, es un teullmonlo de ese origen. En Jerusalén, en las comunidades sirias y alejandrina. y sobre todo en las comunidades conventuales adquiere el canto de la Iglesia su primera configuración. Los judíos penetran con su influencia cntre los griegos, haciendo del todo un conjunto Intrincable. El Impulso del Este, conciliado y reemplazado por Bizancio, y que permaneció siempre más o menos vivo, fue particularmente fuerte bajo el dominio de los papas, extendiendo la raza griega o siria en el siglo VIII, la cual floreció bajo los carolingios en la tierra de lo5 francos y en Alemania, y tuvo su fin con la comparación de la Iglesia, alrededor del año 1050.

Este gran clima, esta extraña manifestación, significó también el entorpecimiento, el desmembramlonto del canto eclesiástico oriental, en tanto que al canto gregoriano empezaba recién a expandir sus hormosns foracioncs y una insospechada glorificación lo enfrentaba a aquél con su polisonoridad. El más antiguo elemento de la liturgia cristiana lo constituyen los oficios por horas, cuyo contenido es el canto salmódico hebreo. La salmodia judía corresponde también a la ejecución melódica el solo del oficiante; se separa del coro, que repite con sus modios versos (cantos responsarles). Desde mediados del siglo IV se utilizó en los monasterios sirios un canto alternando (anti fónico) entre dos coros de distinto voces, de mujeres y hombres y muchachos Luego, un coro de voces. Por lo que se ve que ya desde hace muchos (desde al 678) las mujeres intervenían en ellos.

Como la salmodia, cuyos descendientes son l antífonas y responsarlos, permanecieron también los herederos del espíritu griego: los himnos, l primeras piedras fundamentales do las canciones celesiásticas. Y como aquélla, también los himnos fue ron trasplantados, por medio del sagrado Ambroslo, obispo de Milán (fallecido en 379), del Esle a Iglesia occidental, como representantes de canciones más populares, como portadores de una melodía más sencilla. Ambrosio fue, como poeta, en activo creador de esos himnos. Ellos son. como sus modelos, importantes por la variación del recitado, que en su virtud pasa de la concepción cuantitativa de la Antigüedad a la moderna acentuativa. La rima completó esta nueva interpretación. De los elementos salmódicos e hímnicos extrajo Gregorio el Grande (fallecido en 604) lo necesario para establecer la misa litúrgica. En los catorce años de su papado acopló la tradición, seguramente no sin motivo, todos estos hechos, que siempre podían tener un desarrollo posterior y una más completa madurez. La colección y regulación de la fórmula histórica de los sonidos, la erección o fundación de una escuela de canto, tenía por norma el cuidado de la tradición diáfana del tesoro litúrgico, y logró imponer, fuera de ella, la expansión de la auténticos antífona en todo el mundo cristiano. Rápidamente llegó a Irlanda, más tarde al reino de los francos, frecuentemente transformada, simplificada, pero renovada siempre. De hecho, se Inclinó hacia ella, después de un tiempo, el canto dialecto romano do los restantes; el galicano en Franconia del Este y el del español (mozárabe). Sólo el canto ambrosiano permaneció en su forma especial. El cántico coral mantiene su naturaleza según simple ejecución silábica musical, como representante de la tradición, en tanto que él solo, con su alegría, con su adorno melismático, se convierte en el portador progresista que sacude voluntariosamente la tradición.