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Época Gregoriana (Siglos VI y VII)

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Después del Cisma de Oriente, el papa San Gregorio Magno (535? -604) reformó a fines del siglo VI el canto litúrgico ambrosiano dándole un carácter más severo, sin ornamentaciones inútiles, con lo que estableció el canto llano, expresión de un arte más sencillo y menos sensual, cuyo nombre deriva del latín cantus planus o canto igual, porque su música tiene sonidos de la misma o casi idéntica duración. A los cuatro modos auténticos del canto ambrosiano agregó los del rito gregoriano, que se llamaron modos plagales o plegales. Durante mucho tiempo el canto gregoriano se ejecutó sin acompañamiento instrumental; las voces cantaban al unísono o con diferencia de una octava, San Gregorio compuso nuevos cánticos e indicó el lugar que les corresponde en los oficios. Estableció, asimismo, una escuela de canto en Roma y creó el Centón antifónico o Antifonario, colección de cánticos litúrgicos. Esta reforma, conocida con el nombre de gregoriana, fue aceptada casi inmediatamente por toda la cristiandad. En 1903, el papa Pío X, por la encíclica Motu proprio, reconoció el canto gregoriano como único autorizado en la Iglesia Católica. Así, el auténtico canto católico sigue siendo como en los primeros siglos: a una sola voz, con la única variante admitida del cambio entre solista y coro; sin acompañamiento instrumental, ejecutado por hombres y niños varones, y con sus propias leyes rítmicas.

Época de la Diafonía y el Organum (Siglos IX y X)

El canto gregoriano y toda la música medieval fueron hasta ese momento estrictamente homófonos (es decir, ejecutados al unísono). Pero alrededor del siglo IX surgen por doquier en Europa no puede precisarse dónde primeramente ensayos de música polifónica. Es comprensible que estos principios de la música a varias voces que se desarrollan simultáneamente, con cierta independencia y sin embargo interdependientes, fueran en sus albores vacilantes y toscos. A una melodía gregoriana los llamados tenores se agregaban una y después dos o más melodías que al comienzo marchaban paralelamente con aquélla. Créese que en Francia se usaron varios intervalos: las voces marcharon en cuartas y quintas paralelas, encontrándose al final en el unísono del cual habían partido. En Inglaterra, en cambio, parece haberse conocido un canto en terceras paralelas que en principio corresponde. al tipo del canto popular de numerosos pueblos europeos. Los nombres que lleva esta temprana polifonía europea son varios: diafonía, organum y, en Inglaterra, gymel.

PERIODO MEDIEVAL

Época de los Grandes Teóricos

Durante los siglos de la alta Edad Media, los conventos y monasterios fueron el refugio de la cultura y los únicos centros de la vida espiritual. No es de extrañar, pues, que en su mayor parte los músicos de aquella época pertenecieran a las órdenes monásticas. Sólo cabe mencionar aquí a los más importantes. Anicio Manlio Severino Boecio, nacido alrededor del año 480 en Roma y ejecutado por orden del rey ostrogodo Teodorico, en el 524, no fue monje; escribió un tratado, De Música, en que transmite gran parte de la teoría antigua, adaptada a la música cristiana. San Isidoro de Sevilla, obispo (570636), y Hucbal o Hucbaldus, monje en Flandes (840-931), deben mencionarse también. El más importante de todos fue, probablemente, Guido de Arezzo (990? -1050?), cuyo mayor mérito consiste en haber creado un sistema moderno de notación musical. Es claro que su descubrimiento no se hizo de la nada; una larga evolución había llevado las llamadas neumas signos jeroglíficos que representaban los movimientos de una melodía hasta un punto en que pudo pensarse en su fijación más exacta. Guido creó quizá simultáneamente con otros teóricos líneas de altura; al comienzo existía una sola, trazándose luego dos más que se distinguían de la primera negra por sus colores rojo y amarillo. Pronto existirían cuatro, cinco e incluso seis y siete líneas para colocar los signos musicales, las futuras notas. Finalmente, su número quedó reducido a cinco, nuestro actual pentagrama. Como las notas se designaban con las letras del alfabeto, Guido tuvo una idea muy ingeniosa: existiendo unos versos que todos los cantores conocían los del Himno a San Juan Bautista, del oficio de Vísperas y teniendo esta melodía la particularidad de comenzar cada línea con un tono superior a la anterior, formando entre sí una perfecta escala. De esta manera nacieron los nombres ut, re, mi, fa, sol y la. El ut fue sustituido, siglos más tarde, por do, por ser esta sílaba más fácil de entonar; el cambio se atribuye al florentino Giovanni Battista Doni (1593-1647), quien empleó la primera sílaba de su propio apellido. (En Francia, sin embargo, el tono sigue llamándose ut). La séptima nota fue agregada en el siglo XVI y recibió el nombre de si, a causa de las letras iniciales de Sancte y de Iohannes, del último verso.

Evolución de la Polifonía

El organum y la diafonía abrieron posibilidades insospechadas hasta entonces, al tiempo que ponían a prueba el oído de los adeptos de la música. Antes sólo existía una línea melódica que pudo ser fácilmente seguida por el auditorio; en cambio, el canto a varias voces simultáneas la polifonía exigió una nueva capacidad auditiva. Durante los siglos XII y XIII la polifonía alcanza sus primeras alturas. Nace el discanto (que agrega voces por encima de la melodía principal, el llamado cantus firmus) y el faux bourdon o falso bordone (que es, sencillamente explicado, un canto en terceras y sextas paralelas, lo que, quizá por ser muy popular, le valió la censura de los teóricos). Y surge la gran escuela parisiense de los siglos XII y XIII, ligada íntimamente con la iglesia de la Virgen María, de París (predecesora de la catedral de Notre-Dame), y representada por dos maestros de primera magnitud: Leonínus y Perotinus o Perotino el Grande. La musicología denomina a este estilo ars antigua; varios de sus motetes y conductas se han conservado, dando una impresión de mística grandiosidad.