Artistas
Las Escuelas Nacionales de música

El siglo romántico con su profundo interés por el nacionalismo artístico basado en los fenómenos del folklore abre la puerta a nuevos pueblos en la historia de la música, que hasta entonces había tenido sus principales núcleos en Europa central y en Francia, Italia, Inglaterra y España (países, estos dos últimos, que se hallaron en franca decadencia creadora durante una larga etapa de más de siglo y medio). A mediados del siglo XIX, varios pueblos europeos cuentan con figuras eximias, cuyas obras sobrepasan las fronteras y se hacen escuchar en otras naciones. Tal es el caso de Polonia y de su figura máxima, Chopin, a quien antes se hizo referencia.
En Rusia aparecen generaciones dotadas de una gran fuerza creadora. Mijail Ivanovich Glinka (1804-1857) está considerado como el fundador de la escuela nacional rusa, con su ópera La vida por el zar (1836). A su lado figura Dargomiszski (18131869), y a ellos siguen los cinco, que también se auto titulaban irónicamente el grupito poderoso: Milij Alexeievich Balakirev (1837-1910), Borodin, César Antonovich Cui (1835-1918), Mussorgski y RimskiKorsakov. Consiguen una emancipación completa de la influencia alemana y wagneriana en especial, estableciendo normas auténticamente nacionales.
Su genio máximo fue Modest Petrovich Mussorgski (1839-1881), de corta y atormentada vida. De su valía dan idea sus óperas Boris Godunov, La feria de Sorochinsk, su poema sinfónico Una noche en el Monte Calvo, sus lieder y piezas instrumentales, entre las que se destaca especialmente el magnífico ciclo Cuadros de una exposición (más tarde magistralmente orquestado por Maurice Ravel y también por Leopold Stokovski). El más técnico del grupo fue Nicolai Andreievich Rimski-Korsakov (1844-1908), quien, además de ser un gran compositor (las óperas Sadko, El zar Saltan, El gallo de oro; los poemas sinfónicos La gran pascua rusa y Scherezada, tres sinfonías, y muchas otras obras), corrigió y adaptó numerosas composiciones de sus compañeros.
Aleksander Porfirievich Borodin (1833-1887) fue el primero del grupo en obtener fama mundial, y su obra ha influido en la posterior evolución de la música (en la llamada tonalidad, concretamente). Son muy populares las Danzas poloctsianas de su ópera El príncipe Igor, que dejó incompleta. Frente al de los cinco, existía otro grupo ruso más académico y orientado hacia Europa; a él pertenecen los dos hermanos Anton y Nikolai Rubinstein, y ante todo el famoso Peter Ilich Chaikovski (18401893), autor de seis grandes sinfonías, de numerosas oberturas y fantasías (Francesca de Rimini, Romeo y Julieta, 1812, Hamlet, etc.), de conciertos de piano y violín, y de óperas, entre las cuales se destacan, ante todo, Eugenio Onieguin y La dama de pique. A él se deben, además, los famosos ballets El lago de los cisnes (1876), La bella durmiente (1889) y Cascanueces (189192), tan celebrados aún en la actualidad. También la generación subsiguiente produjo en Rusia varios notables creadores, como Glazunov.Taneiev, Liadov, Liapunov, Grechaninov y otros.
Muy importante es el aporte checo al arte musical romántico. Se inicia con Bedrich Smetana (1824-1884), autor del bello ciclo sinfónico Mi patria, en el que figura, entre seis piezas, El río Moldava; de la ópera La novia vendida, y otras notables. Su sucesor fue Anton Dvorak (1841-1904), compositor de sinfonías (la más famosa es la llamada del Nuevo Mundo), de óperas, de brillantes danzas eslavas, de hermosos lieder, etc. Las generaciones siguientes cuentan con compositores de talento como Suk, Förster, Fibich, Novák, Janácek, etcétera.
A mediados del siglo XIX despiertan también los países escandinavos. Aquí los nombres quizá más importantes son los del danés Niels Wilhem Gade (1817-1890), de los noruegos Edvard Hagerup Grieg (1843-1907) del cual se difundieron mundialmente las suites Peer Gynt y Holberg, el concierto de piano y muchos lieder, Christian Sinding (1856-1941) y el finlandés Jean Sibelius (1865-1957), al que se considera fundador de la nueva escuela de su patria.
España vuelve al seno de las naciones creadoras de música, con la patriarcal figura de Felipe Pedrell (1841-1922), tan importante compositor como educador y crítico. De sus discípulos, varios consiguieron fama mundial mediante su perfecta estilización del ambiente hispánico: Isaac Albéniz (18601909), Enrique Granados (1867-1916), Joaquín Turina (1882-1949) y, ante todo, Manuel de Falla (1876-1946), autor de pocas obras, pero de la más alta perfección (La vida breve, El amor brujo, El sombrero de tres picos, El retablo de maese Pedro, Concierto para clave, Siete canciones españolas y el oratorio inconcluso La Atlántida). Al mismo tiempo florece en España de nuevo el ya viejo género de la zarzuela, en el que merecen mencionarse Tomás Bretón, Ruperto Chapí, Federico Chueca, Manuel Fernández Caballero, Amadeo Vives, José Serrano y Pablo Luna.