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La vida de los músicos

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COBIAN, Juan Carlos

Músico, compositor y director. Nació en Pigüé (Prov. de Bs. As.), el 31 de mayo de 1896. A los cinco años se trasladó con su familia a Bahía Blanca donde transcurrió su infancia y adolescencia. Su primer contacto con la música fue temprano e informal. Comenzó a ensayarse en el piano a imitación de su hermana Dolores, que tomaba lecciones, y pronto la sustituyó en los ejercicios, con gran contento de ella, que no tenía vocación musical, y de la madre de ambos, que oía sonar constantemente el piano en la sala. Creía que Dolores practicaba esforzadamente. Pronto los padres advirtieron el talento de Juan Carlos y lo enviaron a estudiar a la filial bahiense del Conservatorio Williams donde fue condiscípulo de Carlos Di Sarli. Era apenas un adolescente, cuando viajó a Buenos Aires en 1914. Comenzó actuar en una cervecería alemana donde interpretaba valses vieneses, y como solista acompañando las películas mudas que se proyectaban en la sala “Las Familias” de la avenida Santa Fe. Después fue convocado para sustituir a Roberto Firpo en el Cuarteto de Genaro “el tano” Spósito. En 1915, se produjo la convocatoria al servicio militar, que el indisciplinado Cobián eludió mediante el sencillo expediente de la deserción. No habiendo acontecido la esperada amnistía, debió cumplirlo en 1920, experiencia que le inspiró la música de A pan yagua. En su condición de pianista, integro a partir de 1916, con el violinista David Roccatagliata y el bandoneonista Eduardo Arolas, cuyo lugar, seria ocupado luego por Osvaldo Fresedo. Con ellos, se presentó con gran éxito en el Royal Pigall, que más tarde se transformó en el famoso Tabaris. De esa época datan sus primeras composiciones: El orejano, El botuja. El gaucho y Salomé, de 1917, y le seguirían entre otras, Strobismo y Mi refugio. A los 17 años había compuesto El motivo. al que más tarde Pascual Contursi, le puso letra y re tituló Pobre paica, pero como un decreto prohibía el uso del lunfardo. Volvió a tener su nombre original. Dos años más tarde compuso Los dopados, que luego le escribió la letra Enrique Cadícamo, cambiándole el nombre por Los mareados. “Había nacido el innovador “estilo Cobián”, que tuvo legión de admiradores, pero también acérrimos detractores, entre éstos algunos tan ilustres como Francisco Canaro, tenaz en su negativa a interpretar los tangos de quién, a su parecer, traicionaba la esencia del género”. A principios de los años ’20conoció a Cadícamo, dando comienzo a una asociación que produjo resultados tan notables, como La casita de mis viejos, Nieblas del Riachuelo, Rubí y Nostalgias. Cobián fue un brillante ejecutante, compositor y director que recibió influencias de otros géneros musicales. Viajó a Nueva York, al parecer en seguimiento de un antiguo amor, donde permaneció varios años, y allí se familiarizó con el jazz. Con Cadícamo estrechó una amistad verdadera, y en el libro que le dedicó, logra un montaje preciso de esta existencia, constelada de situaciones cambiantes, que conoció la opulencia y la estrechez, que alternó con los divos de la popularidad y de la fortuna (Valentino, Firpo, Rudy Vallée), con los protagonistas de la vida mundana, y que siempre se abasteció de amores y amoríos. No escatima el juicio sobre “la alucinada insensatez en que vivía” y con palabras que recuerdan a Nervo señala que “arquitecto de su propio destino, elegía sonriendo, el camino equivocado, creyendo que fuera el mejor”. Más tarde se trasladó a Europa, y cuando volvió desarrolló una intensa actividad musical en Buenos Aires, formando algunas agrupaciones propias e integrando el renombrado “Trío Número Uno” con el bandoneón de Civiaco Ortiz y el violín de Cayetano Puglisi. En 1937, mientras actuaba con su orquesta en los bailes de carnaval, se alejó intempestivamente, abandonando sus compromisos, rumbo a Brasil, según algunos, a EEUU, en la versión de otros. Volvió recién en 1943, constituyó una última y fugaz agrupación musical y muy pronto se retiró definitivamente. Hacia el final de su vida. Abatido por el alcohol, se recluyó en su casa, donde vivió de sus derechos de autor. Una intervención quirúrgica que se complicó como consecuencia de su alergia1 a los antibióticos, le condujo a la muerte en esta ciudad, el 10 de diciembre de 1953Fue un másico extraordinario, autor de tangos inolvidables.

CIFOLELLI, Alberto

Músico, compositor y profesor. Nació en Venecia (Italia), en 1887.  Llegó a la Argentina en 1908. Formó parte de diversas agrupaciones estales, entre ellas, la Banda Municipal, y actuó también como profesor de la orquesta estable del teatro Colón. En concursos organizados por el Ministerio de Guerra, le fueron premiadas páginas tan conocidas como la “Marcha del Reservista”, la “Marcha Nahuel” y la “Marcha del Sesquicentenario””. Fue el creador del reconocido Himno a San Martín. Falleció en Buenos Aires, en el 1966.

CRESERI, Artidorio

Músico. Descendiente de inmigrantes italianos vinculados a familiar de artistas y poetas, nació en Salta, en 1864. En su juventud se dedicó a la enseñanza de las primeras letras desde 1886 a 1895, donde también fue inspector de música en establecimientos de la provincia. Después de hacer abandono de la función pública para dedicarse a la bohemia, recorrió diversos pueblos del norte argentino afinando pianos y realizando otros menesteres para procurarse el sustento, en la cual produjo numerosas composiciones musicales, lamentablemente perdidas en su mayor parte. Cultor y compositor de música folklórica del siglo pasado compuso en Salta la zamba López Pereyra, que cobró tal fama que se la llama popularmente el “himno salteño” dedicándosela al doctor López Pereyra. A raíz de la autoría que se adjudicara don Andrés Chazarreta como compilador de tema anónimo de esta popular zamba salteña, se suscitó una larga instancia judicial que le dio repercusión en todo el país. Vencido por los años y la miseria y al no poder valerse por si mismo, volvió a Salta para recogerse en el Asilo León XIII, hogar para ancianos, donde murió octogenario el 20 de agosto de 1950.