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Elementos y Características del jazz

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En la estructuración del arte sincopado confluye un núcleo de elementos musicales que, si bien individualmente no todos son por completo originales, al integrarse han hecho surgir una estética sin precedentes en el campo de la música. Quizá uno de sus rasgos más destacados sea el de que las versiones se efectúan de acuerdo con el impulso artístico y las posibilidades técnicas del ejecutante, y no siguiendo normas impuestas por el compositor. Por eso, una simple secuencia armónica le basta al músico para expresarse claro está que el tema melódico, aunque no constituye más que el punto de partida de la creación jazzística, tiene su importancia, pues una página cuyas frases se prestan a una rica improvisación, o una oportuna secuencia armónica, constituyen factores que el instrumentista no deja de considerar. Por eso, el jazz tiene en su haber abundancia de temas surgidos al amparo de la ejecución improvisada y que luego se adaptan para que, sobre esta base, se desarrollen nuevas creaciones espontáneas.

La improvisación es otra característica que singulariza al jazz, lo cual no puede llamar la atención si se tiene en cuenta su ascendencia afroamericana y su matriz folklórica, pues tanto en el folklore como en la música negra dicho elemento es fundamental. Además, como los primitivos creadores del género eran músicos espontáneos, intuitivos, es lógico que este ingrediente musical adquiera un alcance tan singular. En toda la música negra el ritmo es de importancia cardinal. El jazz no constituye, en este sentido, una excepción. Su estructura rítmica no alcanza la complejidad y variedad a que llegan el arte musical africano y algunos de sus derivados, pero ostenta rasgos originales. El más importante de ellos es que sus acentos se anticipan, se retrasan y aun se suspenden de manera caprichosa y versátil.

Al amparo de la tradición de la música africana, en la que el timbre o “color” se vela mediante efectos de vibrato, inflexiones y variaciones sonoras, y los instrumentos tratan de “cantar” y de “hablar”, imitando las voces humanas, los negros norteamericanos hicieron uso de los miembros organográficos europeos, encauzando sus ejecuciones hacia esa meta. De ahí el timbre turbio, “rugoso”, metálico, que caracteriza al jazz. Entre los elementos más trascendentales del jazz figura también el swing, que ha originado no pocos conceptos erróneos. Constituye este ingrediente la serie de “armónicos” que se producen en torno del pulso rítmico de la música sincopada, en su relación con las acentuaciones melódicas de las auténticas realizaciones creadas espontáneamente por los grandes maestros, cuando se hallan realmente inspirados. Es decir, alrededor del ritmo exacto y regular de una versión, tal como lo puede señalar el metrónomo, el instrumentista crea “pulsaciones subsidiarias”. Este elemento no sólo surge de la ejecución de los instrumentos rítmicos, sino de la de los melódicos. Desde el punto de vista técnico, brota de la acentuación de los tiempos débiles del compás, así como del pulso adelantado o retrasado que señalan los instrumentistas con respecto al valor metronómico de la medida.

Desde el primer instante de su nacimiento, el jazz ha presenciado la aparición de toda una pléyade de grandes artistas que han brindado un generoso aporte a su desenvolvimiento. Muchos son, pues, los músicos cuyos nombres merecen ser recordados, pero aquí sólo se enfocarán tres figuras que, en sus respectivas esferas de actividad, alcanzan relieves singulares. Trátase de Jelly Roll Morton, Louis Armstrong y Duke Ellington. Por el carácter ambulante que, como se ha señalado, poseían las primeras orquestas de jazz, que trabajaban en lugares abiertos y a menudo se desplazaban de un sitio a otro en carros o camiones, el piano no figuraba en el instrumental de estos conjuntos. Sin embargo, ejecutantes cuyos nombres han pasado a la historia del género, descubrieron pronto las enormes posibilidades de este instrumento, no sólo como integrante de la sección rítmica de la orquesta, sino también como solista.

Roll Morton. No pocos son, pues, los pianistas que han logrado destacarse en el horizonte de la música sincopada. Pero hay uno cuya silueta cobra relieves singulares, juzgado a través de la perspectiva del tiempo. Es Jelly Roll Morton (1886-1941), nacido en Nueva Orleáns y fallecido en Los Ángeles. Este artista inició sus prácticas musicales a los cinco años, aprendiendo a tocar la armónica y luego el arpa judía. Al año siguiente, un profesor español le impartió las primeras lecciones de guitarra. Mas no tardó en probar fortuna con otros instrumentos, como la batería y el trombón. Poco después asistió a un concierto brindado en la Opera de su ciudad natal, y, entusiasmado por la actuación del pianista que intervino en aquél, inscribiese en la Universidad Saint Joseph para estudiar este instrumento. Era apenas un jovencito cuando empezó a actuar en diversos lugares de esparcimiento de Nueva Orleáns y sus alrededores, así como a realizar amplias giras, durante las cuales recorrió los Estados Unidos de un extremo a otro. En el transcurso de una de sus estadas en Chicago, en el año 1926, tuvo la oportunidad de registrar, al frente de su orquesta denominada Red Hot Peppers, una de las series de discos más importantes de la historia del jazz, en compañía de maestros en sus respectivos instrumentos, como George Mitchell (corneta), Kid Ory (trombón), Omer Simeon (clarinete), Johnny St. Cyr (banjo), etcétera.