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La música en la vida del hombre

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Desde el paraíso perdido, donde el hombre primitivo vivía inmerso en un mundo de sonidos naturales, al maremágnum de las megalópolis modernas, donde ruidos infernales y continuados conviven diariamente con el trasiego ciudadano, la vida del hombre ha estado indisolublemente vinculada a través del tiempo a un concierto de fenómenos sonoros, más o menos armónicos, que han deleitado unas veces, y alterado otras, su existencia. Entre todas las artes que ha desarrollado la inteligencia y la sensibilidad humana desde los más remotos tiempos ha de contabilizarse la música entre las más antiguas, relacionándose su nacimiento con la necesidad comunicativa de nuestros más primigenios ancestros y con la celebración de ritos y creencias de carácter mágico religioso. Si bien ha de considerarse la expresión corporal que luego se transformaría en danza como la primera manifestación expresiva del ser humano, el inevitable acompañamiento rítmico de esos movimientos simbólicos y rituales con los que el hombre se relacionaba con sus congéneres o invocaba la protección de las fuerzas sobrenaturales llevó inexorablemente al desarrollo de la música, la cual, en el transcurso de los siglos, fue adquiriendo entidad gracias a sus intérpretes, a sus estudiosos, a sus compositores y a cuantos prestaron su atención y se ensimismaron ante melodías hoy clásicas y patrimonio de la cultura universal.

Una de las artes mayores, la música atiende todo lo relativo al mundo de los sonidos, siempre y cuando éstos estén organizados de forma agradable para el oído de tal manera que incidan en el espíritu y la sensibilidad de quien escucha

Relacionada la apreciación de la música con la educación de las clases aristocráticas de todos los tiempos, no hay que olvidar que una gran parte de la producción musical universal se debe a las tradiciones populares y, en la actualidad, la llamada música clásica o culta ha conseguido desbordar sus férreas limitaciones aristocráticas para acceder a un público mayoritario y tremendamente heterogéneo, capaz de asistir a un concierto de música clásica, a un recital multitudinario del cantante o grupo de moda, o bailar desenfrenadamente la música más moderna, sin por ello perder su identidad

Todas estas manifestaciones en las que tan directamente están implicados sonidos y voces organizados con ritmo y armonía dificultan tremendamente la definición del arte musical, sobre todo a partir de la proliferación de expresiones musicales de la más variada índole operadas a lo largo del siglo xx y a las crecientes interferencias y préstamos entre varias formas de expresión concomitantes, como el teatro, la danza o la cinematografía.

Al igual que la imagen ha invadido la existencia contemporánea, así la música, en sus más diversas modalidades, determina el comportamiento social, refleja la capacidad cultural de los individuos, sirve de comunicación entre pueblos de diferente cultura y entretiene buena parte del ocio del hombre del siglo XX. Públicos dispares por su edad, condición social o cultural, nacionalidad y personalidad, se entremezclan y cohesionan en uno de los acontecimientos más sobresalientes del mundo del espectáculo contemporáneo, la celebración de los grandes conciertos. Pero no sólo la música en vivo consigue movilizar miles de aficionados, sino que la posibilidad técnica de reproducir el sonido, en uno de los múltiples hallazgos de la sociedad de masas, ha permitido la universalización de melodías, el conocimiento de los grandes compositores que jalonan la historia de la música, el triunfo internacional de grandes estrellas de la canción, la ambientación musical de lugares de ocio y trabajo. Pero ha conseguido, ante todo, aumentar considerablemente la sensibilidad artística de unas sociedades cada vez más acostumbradas a vivir junto a las artes que fomentan, tanto las del pasado, convertidas en clásicas, como las de vanguardia, que en un futuro serán también piezas clásicas e inolvidables. Varios artículos relacionados con el mundo de la música y lo que representa en una civilización como la actual, llena de ofertas de ocio y diversión, de manifestaciones culturales, y de internacionalización de estilos y tendencias.

Los historiadores de la música y de la cultura remontan a los tiempos de las cavernas los orígenes de las primeras formas musicales, cuando éstas eran un mero acompañamiento de unos gestos rituales donde los movimientos rítmicos y repetitivos del cuerpo humano conseguían expresar estados de ánimo, necesidades existenciales y creencias mágicas.

Aunque los descubrimientos arqueológicos y las manifestaciones plásticas como frescos, bajorrelieves o cerámicas nos han dejado sólo escasas referencias, la música ya contaba con un asentado prestigio entre las antiguas civilizaciones del Nilo, Mesopotamia o el Indo. Si occidente ha marcado en cierta medida, desde que el Mediterráneo se constituyó en el centro del mundo en la antigüedad, la pauta del devenir histórico de la humanidad, también ha determinado la evolución y características de la música. Pese al desconocimiento que se ha tenido en occidente de la música de otros continentes, las formas musicales propias de los territorios americanos, asiáticos o africanos, han pervivido arropadas por el folclor y la persistencia de las más ancestrales tradiciones.