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La Música en América

Muy poco se sabe de la música de los pueblos precolombinos. Y de los tiempos coloniales sólo pueden citarse escasos datos de interés general. Músicos europeos en parte, sacerdotes fueron los fundadores de los primeros conservatorios, tocaron los primeros órganos y a su cargo estuvo también la organización de los más tempranos actos musicales. Lima fue el gran centro cultural, y trató, a su vez, de imitar lo más pronto y lo más exactamente posible la vida musical de España. Al comienzo, las colonias inglesas, al Norte, tuvieron grandes desarrollos culturales que las hispánicas y portuguesas, al Sur. Pero a partir de la Independencia las cosas cambiaron, y los Estados Unidos vieron nacer orquestas, coros, conjuntos líricos y de cámara con mayor rapidez que los demás países del continente.
El año 1825 marca el comienzo de las actividades líricas en América; tanto en Buenos Aires como en Nueva York se representó El barbero de Sevilla, de Rossini; en la segunda de estas ciudades, por la famosa compañía del cantante español Manuel Carcia, en la que también actuaba su hija María Felicia, conocida por la MaHbrán, apellido de su primer marido. Teatros líricos de importancia surgieron en Montevideo (Solís, 1856), Buenos Aires (precursor del teatro Colón, 1857) y Santiago de Chile (Municipal,1857). Ya en 1841 se imprimió en esta última ciudad una ópera de autor nacional (Telesfora, de Aquiles Ried). Con todo, debe subrayarse que al nacimiento de una música propiamente americana no se llega hasta el siglo xx. Es lógico que la entrada de los pueblos americanos en el círculo de naciones creadoras de música se verifique de la misma manera que la de los pueblos europeos: utilizando melodías y ritmos del folklore.
Esta evolución coincide con la adquisición de mayores conocimientos técnicos por parte de los compositores americanos. Grandes músicos europeos han permanecido algún tiempo en América formando escuelas (como Dvorak, en Nueva York),y jóvenes talentos americanos fueron enviados a Europa para perfeccionarse (Williams, de la Argentina; Fabini, del Uruguay, etcétera). El primer compositor americano de fama universal fue el brasileño Carlos Gomes, quien triunfó, en 1870, en la Scala de Milán con su ópera El guaraní. Sin embargo, muy pocos elementos americanos se perciben aún en esta partitura. Sólo una generación más tarde puede hablarse de una incipiente música americana.
Desde entonces la vida musical del continente se ha desarrollado de manera prodigiosa. Del Norte al Sur se crean excelentes centros musicales; algunos Nueva York, Filadelfia, Boston, San Francisco, México, Buenos Aires de primera calidad.
Entre los compositores argentinos destacan: Alberto Williams (1862-1952), autor de nueve sinfonías, que estudió composición con César Franck y se vio influido por éste y por el impresionismo francés. Julián Aguirre (1868-1924), que abordó con éxito las melodías y el folklore de su país (Aires criollos, Aires nacionales, etcétera). Carlos López Buchardo (1881-1948), autor, entre otras composiciones, de Escenas argentinas y de la ópera El sueño de Alma. Constantino Gaito (1878-1945), que basó esencialmente en el folklore argentino sus ballets y óperas (Petronio, Flor de Nieve, Ollantay, La Flor del Irupé, Lázaro y La sangre de las guitarras). Felipe Boero (1884-1958), autor de óperas de estilo italiano, aunque de frecuente inspiración nativa (Tucumán, Adriana y Dionisios, Raquela, Las Bacantes, El matrero y Siripo). Héctor Panizza (1875), cuya música se caracteriza por su academismo, autor de las óperas Aurora y Medioevo latino y de la cantata Il Fidanzato del Mare (El prometido del mar).
Raúl Espoile (1888-1958), a quien se deben dos óperas de inspiración nativa y molde italiano (Frenos y La ciudad roja).
Juan José Castro (1895), que estudió con Vincent d’Indy, en París, y se ha consagrado mundialmente como director de orquesta y7 compositor. Su música abarca los más diversos géneros. Al rapsodismo de su primera época ha seguido una marcada tendencia a la polifonía. Es autor, entre otras obras, de sonatas para violín, violoncelo y piano; un trío para violín, clarinete y piano; los poemas sinfónicos Dans le Jardin des Morts, A una madre y La Chellah; las suites Breve e Infantil; las sinfonías Argentina, de los Campos y Bíblica; el ballet Mekhano, la Toccata para piano y orquesta, y las óperas La zapatera prodigiosa, Proserpina y el extranjero, Bodas de Sangre y Cosecha negra.
Athos Palma (1891-1951), autor de la ópera Vazdah y el poema sinfónico Los hijos del Sol. Carlos Guastavino (1914), especializado en la música vocal y autor de Sinfonía Argentina, un ballet sobre la época colonial y numerosas canciones y música para piano. Alberto Ginastera (1916), que recurre en sus composiciones al folklore como fondo temático y es autor de Panambí y Estancia (ballets), Impresiones de la Puna, Concierto argentino, Sinfonía porteña, Cantos del Tucumán, Sonatina para arpa, Piezas infantiles, etcétera. En Uruguay merecen citarse Alfonso Broqua (1876-1946), al que se deben una ópera basada en la Conquista española, dos ballets de motivo incaico, etc.; Eduardo Fabini (1883-1950), autor de notables poemas sinfónicos; Luis Cluzeau Mortet (1893-1957), de tendencia romántica; Vicente Ascone (1897), que, dentro de su inspiración nativa, se atiene a la tradición musical europea en el estilo y la técnica; Héctor Tosar (1923), de estilo neoclásico; Luis Sambucetti (1861-1926) y Tomás Giribaldi (1848-1930).