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JAZZ

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Sin temor a incurrir en aseveraciones arbitrarias, puede afirmarse que la mayoría de los negros que las naves esclavistas introdujeron en los Estados Unidos, provenían del África Occidental. Estos siervos no llegaron al territorio norteamericano en estado salvaje, como se ha dicho con frecuencia. Surgió una generosa corriente artística, estrechamente vinculada al cubismo y aun al surrealismo, tendiente a captar los valores del arte africano, y en la que militaron figuras de la categoría de Pablo Picasso, Jacob Epstein, Alexandre Archipenko, Fernand Léger, Salvador Dalí, Georges Braque y muchísimos otros. Para llegar a la raíz última del jazz debemos desplazarnos hasta el África Occidental, pues no cabe la menor duda de que de allí parten sus distintos orígenes. Por eso, antes de penetrar en el estudio de sus antecedentes más cercanos las distintas ramas de la música folklórica afro estadounidense será necesario dedicar una mirada, siquiera sea fugaz, a la música que floreció en esa zona del continente de ébano. La principal característica que muestra la música africana es su índole utilitaria, pues está vinculada con todas las actividades de la comunidad, en cuyas tareas desempeña un papel de singular consideración. Pero hay dos rasgos acerca de cuya importancia nunca se insistirá demasiado, tanto por la trascendencia que encierran en sí mismos, cuanto por el hecho de que ambos han pasado intactos al jazz. Nos referimos a la alta complejidad rítmica que acusan sus expresiones, particularmente en lo que concierne a las superposiciones de varios ritmos distintos o polirritmia, y a la forma antifonal o responsorial en que dialogan el líder del canto y el coro, o lo hacen dos medios coros. Como resultado del contacto de las diferentes culturas, entre los elementos africanos y los anglosajones, influidos ambos por complejos factores sociológicos y etnográficos, en los Estados Unidos se ha desarrollado un cancionero folklórico de incuestionable originalidad y fuerza estética, y del que no se han borrado las características de su profunda raigambre africana.

Entre los principales cantos que lo integran figuran los que acompañan a las tareas manuales. Además de servir para coordinar los movimientos del trabajador, estas canciones tienen por finalidad aliviar el tedio que engendran dichos quehaceres. Por eso ajustan su estructura a las exigencias de las ocupaciones que se realicen. Musicalmente se caracterizan por sus frases breves, interrumpidas por pausas, que se prolongan o contraen de acuerdo con los requerimientos de las faenas que se efectúen. De suma importancia son también los negro spirituals o cantos litúrgicos. Su aspecto formal y su órbita expresiva y temática acusan una variedad notable. No sólo es esta especie la que retiene en mayor escala su pureza africana, sino también la que reviste el más alto coeficiente de originalidad estética y de valor técnico. Otra rama de suma importancia del cancionero afro estadounidense es la integrada por los blues. Resulta imposible determinar con absoluta precisión el instante del nacimiento de estas canciones. Mas es probable que sus raíces primitivas se extiendan hasta la época de la esclavitud; aunque, de acuerdo con los hechos sociológicos e históricos que narran sus poesías, no resulta aventurado sostener que el caudal de su producción profundizó particularmente su cauce después de 1865, cuando el negro pasó a ser ciudadano libre. La configuración de los blues es bien simple. Sus melodías constan de doce compases y sus estrofas de tres versos, generalmente rimados. Pero la dimensión del pie poético es menor que la del fragmento musical que corresponde a cada uno de estos versos, de manera que deja un espacio libre denominado break, que luego pasó intacto al jazz. La música sincopada deriva de la jugosa pulpa melódica a que nos hemos referido, y es un resumen, una cristalización y una exaltación de los valores musicales del folklore afro estadounidense, enfocados a la luz de la tradición africana.

Dilatado debate ha suscitado la determinación del lugar en que nació el jazz. Su paternidad ha sido reclamada por ciudades como Saint Louis, Memphis, Chicago, San Francisco… Pero hoy se ha llegado a la conclusión de que surgió y cobró incremento en Nueva Orleáns. La aseveración está sustentada por sólidos fundamentos históricos, sociológicos y económicos ampliamente probados. Durante las postrimerías del siglo XIX y primeras décadas del actual, en la urbe del Mississippi -que perteneció a España y a Francia antes de ser norteamericana, y posee, por lo tanto, un pasado colonial latino- concurrieron diversos factores que, acumulándose, hicieron posible el nacimiento del jazz. La trata de negros se inició en Luisiana en el año 1712, cuando dicho Estado pertenecía a Francia. Esclavos procedentes en un principio de las Antillas, fueron introducidos en el menciona-do territorio como fuerza de trabajo. Pero una vez advertidas las conveniencias del infame comercio, no se hicieron aguardar las naves que partían directamente de África, en particular del Congo, Dahomey y el Senegal. Las potencias que ejercían el “comercio de ébano”, no dedicaban idéntico tratamiento a los siervos que la corriente esclavista introdujo en tierras americanas. Gran Bretaña, Holanda y los Estados Unidos manejaban a estos negros con mano férrea, y hasta se inmiscuían en el ámbito de su cultura espiritual y de sus diversiones. En cambio, los franceses y los españoles los esquilmaban, pero les concedían la libertad de efectuar sus sesiones de canto, danza y ejecuciones instrumentales, así como sus ceremonias litúrgicas.