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Grandes Figuras del Jazz

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La crisis financiera de 1929 abrió un paréntesis en la carrera artística de Jelly Roll Morton, y desapareció del proscenio del jazz, consagrando su actividad a distintas tareas. Pero una década más tarde volvió al plano de la actualidad y registró una larga serie de discos para distintos sellos fonográficos, así como para el famoso archivo de cantos folklóricos de la Biblioteca del Congreso de Washington.

Jelly Roll Morton fue uno de los representantes más característicos del jazz de Nueva Orleáns. Se distinguen sus creaciones pianísticas por el recio vigor, por su varonil y demoledora pulsación, por el hondo fervor con que están forjadas en el yunque de una musicalidad de rancia prosapia hot. El suyo es un estilo de incuestionable originalidad, pues el artista recorría caminos inéditos. Por eso, su música está dotada de gracia, dinamismo, vida rítmica, savia popular y autenticidad. En el campo de la orquestación sus trabajos no ofrecen complicaciones de orden formal; son todo equilibrio, mesura, sutileza, porque era parco en el adorno y nunca caía en excesos arquitectónicos. Dentro de una modalidad sencilla que, desde luego, cultivaron también otros conviven los solos instrumentales y los ricamente melódicos ensembles o tutti de improvisación polifónica, en medio de una fresca atmósfera jazzística. Destacabas como cantante por el timbre peculiarísimo de su voz aguardentosa y estridente, muy apropiada para la vocalización hot. Voz no educada, “profunda y áspera”, como dice el poeta estadounidense Langston Hughes que tienen que ser las de los cantantes de blues.

Jelly Roll Morton fue también un prolífico compositor, de inspiración fresca e ingeniosos recursos, que manejaba con mano maestra los materiales folklóricos. En este terreno brindó más de un centenar de páginas imbuidas de una legítima inspiración afro estadounidense, hoy incorporadas a la temática clásica del género. Figurant, entre ellas, King Porter Stomp, Wolverine Blues,The Pearls, Kansas City Stomps, Jungle Blues, Shoe Shiner’s Drag, Mr. Jelly Lord, Black Bottom Stomp, etcetera. Trabajador infatigable, al frente de sus distintos conjuntos los Red Hot Peppers, los Incomparables, su Trío, sus Levee Serenaders, etcétera grabó en discos todas las páginas arriba mencionadas, así como muchas otras.

Louis Armstrong. Con muy pocas excepciones, por singulares que hayan sido los valores de la mayor parte de los jazzmen, surgieron y entregaron su mensaje, desapareciendo después, por lo general sin dejar rastro. Tan sólo unos pocos artistas han conquistado arraigo y permanencia en el jazz. A este minúsculo grupo de excepcionales creadores pertenece Louis Armstrong (1900). Nació este artista en Nueva Orleáns. Durante su infancia hallaba verdadero placer en deambular por los muelles del caudaloso Mississippi, cantando con muchachos como él e impregnándose de las melodías que los estibadores entonaban al realizar sus tareas. No tardó en organizar un cuarteto vocal con tres jovencitos. Cuando contaba trece años se produjo un hecho que, aunque desdichado en cierto modo, marcaría el rumbo que 8abis de seguir su vida. Festeando el advenimiento de un nuevo año, disparó. en plena calle la pistola de su padre. Esta ingenua, aunque peligrosa expresión de júbilo, le costó cara: fue recluido durante un año en un reformatorio. Pero el sucre le acompañó en tal emergencia, pues tuvo la fortuna de que el celador del establecimiento le tomara simpatía y le impartiese los primeros conocimientos musicales. La influencia de los cornetista King Oliver y Bunk Johnson hízo el resto.

Cuando apenas contaba diecisiete años, inspirado en el conjunto del trombonista Kid Ory, organizó una orquesta con el contrabajista John Lindsay. Pero no tardó en presentársele la primera oportunidad cuando se le ofreció el puesto de cornetista de la orquesta del citado Kid Ory. Posteriormente abandonó este conjunto para ingresar en la agrupación que el pianista Fate Marable dirigía en uno de los vapores del Mississippi. De regreso a Nueva Orleáns, King Oliver, que entonces gozaba de éxito en Chicago, lo llamó para que integrara la famosa Creole Jazz Band, en 1922. El joven cornetista se colocaba así en la segura ruta de la fama.

De allí en adelante, la popularidad de su nombre se propagó rápidamente. Pasó de orquesta en orquesta, hasta que el pianista Fletcher Henderson le ofreció el puesto de solista de su famosa agrupación que actuaba en Nueva York. A partir de entonces realizó numerosas tournée. Viajó varias veces a Europa. Visitó Sudamérica y el África. Y recogió los aplausos más estruendosos y los más elevados honores de todos los públicos. Porque es incuestionable que Louis Armstrong constituye la figura del jazz más conocida y apreciada por todos los auditorios. El virtuoso de la trompeta es un artista que ha logrado trascender los estrechos límites de la música sincopada, para trocarse en una personalidad celebrada aun en círculos ajenos al género que cultiva. Ello no se debe, por supuesto, a un hecho azaroso. Su lenguaje jazzístico alcanza planos de tal universalidad que nadie que esté dotado de una elemental sensibilidad musical, puede permanecer insensible a sus creaciones, vocales e instrumentales, que, en un paréntesis de profunda belleza formal, encierra el más denso y estremecido mensaje expresionista. Hacía el vértice de su ciclópea personalidad confluyen diversas corrientes que se fusionan v armonizan para forjar un estilo único, original, inimitable. Porque este artista es dueño de un prodigioso mecanismo técnico, que le brinda la posibilidad de expresarse sin cortapisas de ninguna especie: de un generoso caudal de inspiración cuya llama no mengua ni decae en momento alguno; de un desarrollado y sin duda innato espíritu artístico. que anima, entona y vivífica todas sus creaciones, y de una facultad para improvisar con profunda elocuencia.

Louis Armstrong es uno de los artistas más evolucionados del jazz, sin que las constantes transformaciones por que atraviesa su arte le hagan sobrepasar los límites del lenguaje musical propio del género. Desde sus primeros discos fonográficos, aparecidos en 1923, hasta sus creaciones más recientes, la inquietud y la evolución de su estilo pueden observarse con claridad; pero también es posible advertir en él una evidente y homogénea línea de continuidad.