Artistas
El Siglo de la Danza

Al fomentar las manifestaciones de la música nacional, basadas en motivos folklóricos de los países de origen, el Romanticismo impulsó a su vez el desarrollo de las danzas de carácter popular. Prueba de ello es el auge adquirido por bailes como el vals, la polca, la mazurca, etc., en la Europa central y en la oriental, y la enorme difusión que alcanzan dos espectáculos nuevos: la opereta vienesa y la francesa. En Viena, el vals tiene dos maestros en Lanner y Johann Strauss, padre (1804-1849). Este último es el fundador de una verdadera dinastía musical. Su hijo Johann Strauss (1825-1899) alcanzó popularidad mundial por medio de sus valses (entre otros, Danubio azul, Voces de primavera, Sangre vienesa, Cuentos del bosque de Viena, Vals del emperador) y de sus alegres operetas (El murciélago, El barón gitano, Una noche en Venecia, etc.). También otro hijo, Joseph Strauss, fue un talentoso compositor de valses. Al mismo tiempo que la opereta vienesa que haya luego continuadores excelentes en Suppé, Lehar, Kalman, etc. se desarrolló en París un género parecido, popularizado por el compositor Jacques Offenbach (1819-1880), nacido en Alemania y residente en la capital de Francia desde muy joven. Offenbach supo captar, muy especialmente con el bullicioso cancán, la atmósfera parisiense. Entre sus numerosas operetas se destacan La bella Helena, Orfeo en los infiernos y La Périchole. A su muerte se halló la partitura de una bella ópera romántica: Los cuentos de Hoffmann. De sus contemporáneos franceses merecen destacarse Planquette y Messager. En Inglaterra descuellan Sullivan y Jones, todos ellos en el mismo género “ligero”, que cuenta con públicos numerosos y entusiastas. La opereta conquistó el mundo con sus libretos alegres, sus danzas y su música chispeante. A la generación ya citada, siguió una segunda, ante todo en la capital austríaca. Pertenecen a ella, en primer término, Franz Lehar (1870-1948), autor, entre muchos otros, de éxitos como La viuda alegre y El país de las sonrisas, y Emerich Kalman, húngaro de nacimiento, compositor de la muy melodiosa Condesa Maritza y La princesa del circo. A su lado debe mencionarse a Leo Fall, Paul Abraham, Robert Stolz y Jean Gilbert. En Berlín florece una ópera alemana con Paul Lincke y Eduard Künnecke. Son dignos de destacarse también el bohemo Oscar Nedbal y, en los Estados Unidos, Victor Herbert, Rudolf Friml, etcétera.
POSTROMANTICISMO, IMPRESIONISMO Y VERISMO
Los Últimos Románticos
Con Johannes Brahms (1833-1897) surgió uno de los más grandes sinfonistas de todos los tiempos; su severidad formal y los valores absolutos de su música le otorgan una posición singular dentro del Romanticismo y lo acercan a una especie de neoclasicismo. Por la soledad de su vida y lo huraño de su carácter recuerda un poco a Beethoven, con el cual compartió también la patria adoptiva, Viena. En su rica obra se destacan cuatro magníficas sinfonías, hermosa música de cámara e instrumental, dos conciertos de piano, uno de violín y otro para violín y violoncelo, y un Réquiem alemán de excepcional profundidad. En el campo del lied creó Brahms páginas inolvidables que lo sitúan entre los compositores más excelsos del género: Soledad del campo, Fidelidad del amor; Ay, si supiera el camino de retorno; Siempre más tenue se vuelve mi sueño, Noche de mayo, etcétera. Al lado de Brahms debe citarse al austríaco Anton Bruckner (18241896), autor de música romántica de estructuración barroca, inspirada en una honda fe religiosa. Escribió nueve sinfonías y muchas composiciones corales. Su compatriota Hugo Wolf (1860-1903) es uno de los grandes maestros del lied, género musical al que dedicó numerosos ciclos sobre poemas de diversos autores. Murió loco.
Max Bruch (18381920) sobrevive con un bello concierto de violín, de corte netamente romántico. Engelbert Humperdinck (18541921) supo aplicar ideas wagnerianas a cuentos infantiles y obtuvo con Hänsel y Gretel un éxito duradero. También Hans Erich Pfitzner (18691949) pertenece plenamente al Romanticismo, a pesar de alcanzar épocas muy posteriores. De sus bellos dramas musicales merece especial mención el multicolor Palestrina. Toda la nostalgia postromántica se manifiesta en la obra de Gustav Mahler (1860-1911), quien aumenta el aparato orquestal hasta lo increíble, incluye voces de solistas y coros infantiles, y trata de expresar los más grandes problemas humanos. Compuso nueve sinfonías y el bello ciclo La canción de la tierra, sobre textos chinos. En Francia, el Romanticismo tiene algunos últimos exponentes. En la ópera, lo representan Charles François Gounod (18181893), compositor de un celebradísimo Fausto; el inspirado Georges Bizet (1838-1875), creador de la inmor-tal Carmen; el melodioso Emile Frédéric Jules Massenet (1842-1912), cuyas óperas Werther y Manon aún figuran en el repertorio mundial,y Gustav Charpentier (1860-1956), autor de la cautivante Luisa. En el campo sinfónico se destaca ante todo César Auguste Franck (1822-1890), belga de ori-gen, gran organista y creador de profundos oratorios (Las beatitudes, Ruth, Rebeca, Redención), de una sinfonía y varios poemas sinfónicos, de música de cámara y una hermosa sonata para piano y violín. Édouard Lalo (1823-1892), Alexis Emmanuel Chabrier (1841-1894), Charles-Camille Saint-Saëns (1835-1921) y Paul Vincent d’Indy (1851-1931) son exponentes de una fecunda escuela romántica francesa que, en algunos casos, ya se acerca al impresionismo. D’Indy sobre todo des-arrolló una gran actividad aparte de su labor de creación- como profesor y musicógrafo. Inglaterra se reincorpora al conjunto de países más destacados del mundo musical, con un grupo de compositores ubicados también entre el posromanticismo y el impresionismo. Lo integran Edward William Elgar (1857-1934), autor de valiosos oratorios; Frederick Delius (1863-1934), Gustav Theodore Holst (1874-1934), creador de la interesante suite sinfónica Los planetas, y Ralph Vaughan Williams (1872-1958), con una vasta obra en todas las formas musicales.