Musica
Voces e instrumentos Musicales

La voz humana, emitida en un principio por los hombres para exteriorizar sus pensamientos y comunicarse entre sí, pasó por distintas fases evolutivas hasta convertirse en vehículo de una de las más preciadas manifestaciones musicales: el canto. Según toda evidencia, lo que al comienzo serían tan sólo sonidos guturales aislados, pasaron a convertirse en voces articuladas, a medida que el hombre aprendió a modular convenientemente dichos sonidos de acuerdo con el fin perseguido al emitirlos. De ese modo, la expresión, centrada primeramente en los gestos, iría ciñéndose cada vez más a las palabras, hasta el punto de que éstas, por sí solas, pudieran manifestar airosamente las más diversas gradaciones del sentimiento. Así es de suponer que los hombres llegaron a imprimir a su voz un acento apropiado a cada caso concreto. Las distintas emociones de la vida cotidiana: alegría, temor, ira, incertidumbre, etc., fueron expuestas con variedad do matices, destinando asimismo otras inflexiones de voz para poner de manifiesto la angustia, el temor y la sorpresa ante los fenómenos de la naturaleza y los misterios del más allá. Todas estas diferenciaciones del sonido se traducirían más adelante en motivos musicales, tenidos en cuenta a la hora de expresar melódicamente tales estados de ánimo.
El paso de la voz hablada a la cantada debió producirse de manera insensible, tal vez por la reiteración de algunas palabras con las que aplacar el llanto de un niño o con las que incitar a un determinado esfuerzo, durante cualquier cacería. Quizá la música le fuese sugerida al hombre por el eco de su propia voz, oído casualmente en alguna gruta o caverna, o se limitó a copiar el canto de las aves, el susurro del viento o el rumor de las aguas. Sólo conjeturas pueden hacerse a tal respecto, por más que el estudio de parecidos procesos entre los pueblos salvajes permita vislumbrar algo de lo que pudo ser aquel lejano pasado.
Es de suponer que, al principio, la voz se elevaría sola, sin acompañamiento alguno. Después, con el fin de marcar las pausas o silencios que permitieran la entonación alternativa del canto, se recurrió al simple batir con las palmas de las manos o al golpear de los pies contra el suelo. Con ello se daba nacimiento al ritmo que, más adelante, para dotar de marcialidad a los cantos, había de marcarse con elementos no pertenecientes al cuerpo humano, dándose origen así a los instrumentos de percusión. La idea de servirse de otros instrumentos, los de viento, surgió en la mente humana al descubrir que, soplando en una caña perforada o en un cuerno vacío, podía producir diversos efectos sonoros. Y en forma parecida, el hombre debió observar que una cuerda tensa quizá la de su arco de cazador, frotada por las manos o por un palo cualquiera producía sonidos. Su inteligencia, más desarrollada cada vez, se valió de este nuevo descubrimiento para la creación de los instrumentos de cuerda, que se supone tendrían por caja de resonancia, en un principio, los caparazones de algunos animales. Es lógico que al comienzo no estuviese bien delimitado el campo correspondiente a las voces e instrumentos musicales, y ambas formas se fundieran en arbitraria promiscuidad de la que, también desde un principio, participaría la danza. Sólo el tiempo habría de permitir la posterior evolución de unas y otras formas, en marcha hacia un perfeccionamiento tal que posibilitara su independencia mutua. Así nacería. por último, la música pura e instrumental, la música por excelencia, a la que el sonido basta por sí solo tanto para modular la melodía como para marcar el ritmo.
VOCES HUMANAS
En la emisión de voz intervienen diversidad de factores que contribuyen a dar mayor o menor riqueza a los distintos registros de voces. El aire hace entrar en vibración a los órganos naturales de la voz, es decir, las cuerdas vocales que algunos laringólogos llaman labios vocales. Sus vibraciones están condicionadas por la estructura y naturaleza de otros órganos: labios, cavidad bucal y nasal, lengua, glotis, laringe, faringe, pulmones y diafragma. Todos ellos actúan como órganos emisores de la voz o, por lo menos, como órganos que determinan y reglan su emisión, mientras que el oído actúa como receptor de los sonidos. El conocimiento anatomofisiológico de tales órganos es indispensable para el foníatra, que estudia y enseña a emitir e impostar (colocar en su tesitura natural) la voz. La extensión natural de cada voz toma el nombre de registro o tesitura y abarca de doce a veinte notas. El número de vibraciones de la voz humana oscila, aproximadamente, entre 60 y 1.300 por segundo, según el registro. Las voces humanas se clasifican por el registro y por la posición que ocupan en el sistema tonal, desde la más grave a la más aguda. Se agrupan en tres categorías: voces viriles o masculinas, voces femeninas y voces blancas o infantiles. Las femeninas son, por lo general, una octava más alta que las masculinas, mientras que la voz infantil, de la que derivan ambas, es una para los dos sexos, asemejándose a las voces femeninas medianas.